Doc.: Petraglia Cristina
Institución: Escuela Técnica N° 1 “Dr. Juan Ramón Vidal”
Titulo Conceptual: Sugerencias metodológicas para redactar.
Titulo de fantasía: Armando historias reales.
¡¿Si quería escribir un relato pedagógico…!? fue la pregunta que insistentemente permanecía formulada en mi pensamiento receptivo, a partir de que un colega invirtiera parte de su tiempo extracurricular intentando de alguna manera generar en mi el impulso necesario para que yo también abordara el tren que conduce al espacio generador de intercambios de experiencias docentes.
Quizás sea el ritmo demasiado acelerado que condiciona nuestras dinámicas cotidianas lo que conlleva frecuentemente el olvido de extender la mano y apretar la de otro caminante paralelo que transita la misma vereda de la vida por la cual vamos avanzando hacia el futuro. En relación a esta reflexión a menudo me detengo y hago posta en algún remanso de mis propias corridas. Trato de reacomodar mis pasos e intento reiniciar la marcha pausadamente, pero tras un corto trecho, vuelvo a apresurarme. Me encuentro nuevamente…volando apenas, por encima de tantas cosas que por ser de todos los días, sobrellevo sin detenerme en ellas lo debido.
Esa omisión casi constante (la de no darme tiempo para saborear la exquisitez de las pequeñas cosas), fue quizás el punto inicial tras la búsqueda de alguna vivencia que aunque simple, mereciera ser relatada y compartida.
De pronto comprendí que un relato pedagógico no debe ser una referencia extraordinaria, sino que basta con que ilustre objetivamente la realidad del aula, para adquirir valor en sí misma.
Mi “ser docente” que nunca duerme, se hizo eco de las expectativas. Mientras yo rebuscaba entre las historias construidas junto a mis alumnos, fue él (mi ser docente), quien susurrando a la perceptibilidad de mi memoria dijo: usa ahora el don de la palabra y cuenta como has hecho para aprender a enseñar amando lo que haces. Entonces…de repente encontré lo que necesitaba hallar.
Las imágenes fueron ordenándose hasta convertirse en esto, que es la introducción de mi relato pedagógico:
“Hay en cada alumno, y muy por encima de su condición de serlo, un individuo humano sensitivo que debe apropiarse de saberes significativos y aprender a transferirlos favorablemente a los contextos que condicionan su socialización”.
Pero debemos recordar además, que en él habita “un adulto en estado latente” al que tratará de corporizar incansablemente dentro de su propio proyecto de vida y nosotros, los docentes, tenemos que ayudarlo a “concebir ese producto esencialmente valioso”
Esto no implicará superar ríspidos y engorrosos trayectos. Contrariamente, la llanura, el oasis, la pradera fértil, el arroyo cristalino y el cielo pleno de sol serán las constantes sustancialmente conjugadas en el paisaje contenedor y plácido que dibujaremos con matices de tolerancia, afecto y comprensión, conforme al paso del tiempo convivido. Pero dentro de ese cuadro animado y realista, los límites apropiados y justos, serán los marcos continentes para que no desborde esa plenitud pujante que aguarda ser consolidada.
Actualmente ejerzo la docencia en algunos cursos del Nivel de la EGB3 y Ciclos Superiores de la Escuela de Educación Técnica Nº 1, Juan Ramón Vidal de Esquina (Provincia de Corrientes), desde las cátedras de Lengua y de Literatura y doy gracias a Dios porque éste es “mi lugar en el mundo”.
Soy feliz haciendo lo que hago. Puedo cumplir con el trabajo diario, disfrutando de los logros buenos y superando con convicción y fuerza los obstáculos que pudieran ir surgiendo.
Al planificar los Proyectos Áulicos Anuales, los contenidos conceptuales y procedimentales fluyen casi naturalmente después de las evaluaciones diagnosticas iniciales. Es que, con tantos años dando clases y actualizando mi formación básica de fundamento, puedo predecir cuales serán los objetivos posibles de lograr en cada curso. Pero lo que siempre me preocupa en demasía es la cuestión de los contenidos actitudinales porque obviamente, estos no pueden seleccionarse desde una anticipación empírica. Son impredecibles puesto que deben condecir y responder a las realidades emotivas y afectivas de los alumnos, como así también a ciertas afinidades que les sean particularmente pertinentes.
Surge entonces el gran desafío de proyectar para conseguir la adecuación de lo general a las individualidades de las que son portadores los educandos.
Es indispensable diseñar actividades y/o acciones favorecedoras de instancias inclusoras de la diversidad, cuya puesta en práctica asegure igualdad de oportunidades para todos. No es fácil lograrlo porque va más allá de la mera construcción de aprendizajes y únicamente focalizando “el objeto educador” en el desarrollo del mundo interior con la misma contundencia con que abordamos las formalidades académicas curriculares, podremos y con mucho esfuerzo de por medio, “propender a la formación integral desde las escuelas”.
Para acercarme al argumento de mi relato es inevitable mencionar que el continuo análisis y reflexión respecto de fortalezas y debilidades preponderantes en las prácticas lingüísticas del registro escrito me condujeron a la conclusión de que “la redacción configura en sí misma un factor obstaculizador de los avances”.
En virtud de las escasas competencias puestas de manifiesto a la hora de escribir (no solamente producciones lingüísticas literarias, sino expositivas en general) se contrapone notoriamente el mejor desempeño en las prácticas de oralidad (diálogos- conversacionales, expositivos, argumentativos, etc.) es obvio que los alumnos “bloquean sus mecanismos comunicacionales” frente a las consignas que requieren de la redacción.
Decidí entonces acercarme a la realidad de “mis chicos” (así les digo afectuosamente) y conectarme a la cotidianeidad de sus entornos hasta “impregnarme del día a día que les va tocando vivir.
Comencé después a establecer diálogos espontáneos sobre temas como “problema de los adolescentes, incompatibilidades generacionales, alcoholismo y tabaquismo, drogadicción, embarazos no deseados, discriminación” y, tantas otras cuestiones que conforme al paso de los encuentros áulicos, fueron interesando notoriamente a los diferentes grupos con los que trabajaba. Se expresaban con tanta espontaneidad que me sorprendían al escucharlos.
Definitivamente comprendí que para que los aprendizajes fueran significativos “era necesario humanizarlos y hacer que los alumnos se sintieran dueños de sus propios saberes”.
En un clima de total respeto los vi expectantes escuchando las historias y esperando ansiosos los desenlaces, narrados desde la magnificencia propia de sus edades. Los narradores eran protagonistas o coprotagonistas del compendio argumental compartido generosamente y sin tapujos. El auditorio quizás se identificaba con algunos de ellos ya que las realidades son las mismas para unos y otros.
Maravillada por la receptividad claramente evidenciada intente transferir esa estrategia de la oralidad a la escritura.
Busqué en cada oportunidad un disparador que suponía, seria movilizador de sensibilidades colectivas y lo convertía en la introducción de narraciones que producirían “con plena libertad, escribiendo sobre lo que conocían y les era familiar”.
El párrafo sugerido proponía un tema pero no direccionaba en absoluto, ni el conflicto, ni la resolución. Es decir que era la forma ideal para que se sintieran inmersos en sus propias historias, dejando aflorar “las potenciales competencias creativas” acorde a las imágenes vivenciales acopiadas en la memoria.
Por ejemplo, con alumnos de noveno año de EGB3 alguna vez emplee esta introducción:
“Estoy aquí. Soy yo el observador de mi propia vida.
Busco entre la gente que camina apresurada y me descubro callado, triste, casi acurrucado en la esquina misma por donde pasan las horas de mi adolescencia.
Entonces siento que debo rescatarme. No dejarme caer hacia el abismo que esta algunas cuadras adelante”.
A partir de aquí, los alumnos fueron incorporando riquísimas aportaciones que configuraron narrativas de la realidad, basados en temas que ellos mismos eligieron. Finalmente titularon los trabajos y algunos de los que anoté en mi registro de experiencias fueron:
“No me vencerás” (se refería a la tentación frente a drogas).
“Aunque parezca que no me quieren” (sobre la convivencia familiar).
“Quiero seguir siendo feliz” (cómo superó la inseguridad que le producía la discriminación por ser gorda”.
“Mi niño y yo” (había tenido un bebé al comienzo del ciclo lectivo).
Alegría y emoción sentia al leer los trabajos que luego me entregaban. Finalmente estaba logrando que “escribieran gustosamente, disfrutando de las clases de redacción”.
Faltaría que conecte ahora esta experiencia con los logros actitudinales propiamente dichos.
Para hacerlo, debo continuar diciendo que esto no se da de igual manera en todos los alumnos.
En algunos casos voy detectando desinterés o dificultad para concretar las actividades pero no me detengo aunque el porcentaje en cuestión sea mínimo. Por el contrario sigo buscando otros caminos para revertir esas situaciones. Se que para conseguirlo debo “llegar a cada uno de ellos y si el desinterés es ocasional o esporádico, no insisto demasiado porque entiendo que en ese día, quizás este adolesciendo algo”. Intento saber de que se trata para brindarles apoyo o aunque más no sea “mis oídos para escucharlos”.
Cuando veo tristeza en esos ojos, a través de los que ya aprendí a leerles el alma, me acerco hasta el pupitre y como acostumbradamente lo hago, les aprieto levemente el hombro con mi mano, mientras continuo explicando o indicando algunas consignas. Ellos saben que los quiero mucho. Así me sienten cerca y están seguros de poder contar conmigo.
Si acaso persistiera la actitud de desgano, busco tener una entrevista a solas y les doy palabras de aliento. También acostumbro a escribir en sus cuadernos algo asi: “eres capaz de alcanzar mejores resultados. Ahora estás algo cansado, pero sabes que estoy junto a ti para ayudarle a seguir.
¿Verdad que intentarás salir adelante?
Tu profesora
Créanme que estas palabras sirven para que el cambio esperado se produzca. Siempre he obtenido respuestas positivas y “reencausar o sostener a mis alumnos” es la gratificación con la que aliento el empeño de mis aspiraciones: “amar lo que enseño, para que mis alumnos aprendan con agrado”
Cuando la dificultad obedece al uso incorrecto de competencias previas, me ocupo de hacer un seguimiento más personalizado, ayudándolos a ordenar ideas en algunos borradores, o los acompaño a oralizarlas primero para consolidar la progresión temática, hasta que así, consiguen configurar la producción escrita.
Como verán, nunca me doy por vencida. Frente a lo infructuoso de alguna práctica insisto y vuelvo a insistir escogiendo “diferentes caminos”, sin perder la paciencia, respetando “los tiempos de mis chicos” y haciéndoles sentir que “me interesa enseñarles a superar sus propias limitaciones.
Creo que mi relato es un poco extenso (díspénsenme por eso) pero tengo la esperanza de que sirva para que reflexionemos sobre nuestros haceres docentes. No solo debemos buscar la calidad educativa desde el conocimiento temático – curricular, sino también “transferir calidez humana” condición indispensable para formar “alumnos felices”.
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